*En un intento de ser políticamente correcto se suele utilizar el término “perspectiva/enfoque de género” en lugar de feminista. Sin embargo, hacen alusión a lo mismo, puesto la perspectiva de género viene de los estudios feministas.


Los datos muestran que las mujeres tienen una prevalencia significativamente mayor que los hombres para los trastornos de depresión, ansiedad, de la conducta alimentaria y de la personalidad límite1, así como más intentos de suicidio. En los hombres, por su parte, aparece con más frecuencia el consumo problemático de sustancias, el trastorno de conducta y de personalidad antisocial, demás tienen el triple de probabilidades de morir por suicidio. En general, las mujeres registran peores condiciones de salud mental que los hombres, pero para ellos, la expectativa de vida es considerablemente menor que la de las mujeres.

Las explicaciones que se basan en la vulnerabilidad biológica de hombres y mujeres para determinados trastornos son insuficientes, puesto que también hay diferencias importantes dentro de los grupos de cada género. El desempleo, la carencia de servicios básicos como el agua potable, el acceso a la salud, la educación y la justicia, la inseguridad alimentaria, ser parte de grupos históricamente discriminados (afrodescendientes, indígenas, diversidad sexo-genérica, personas con discapacidad, personas mayores, etc.) son factores de riesgo para la salud mental y, al igual que el género, hacen parte de los determinantes sociales de la salud.

De allí que, a mayor vulnerabilidad socioeconómica, peores condiciones de salud mental en todos los grupos, especialmente en mujeres cisgénero y personas LGBTIQ+. Es por eso que el género es una variable clave cuando hablamos de salud mental.

El sistema patriarcal se sostiene en códigos binarios. Cultura/Naturaleza, Razón/Emoción, Fuerte/Débil, Público/Privado, Masculino/Femenino. Para que eso funcione las personas deben ser categorizadas en el marco de esos códigos de manera interrelacionada. Lo masculino ocupa el espacio público y se relaciona con la cultura, por tanto, con la razón y la fortaleza. Lo femenino se limita al espacio privado y se asocia con la naturaleza, lo emocional y lo débil.

Hoy en día las mujeres tienen derecho al trabajo remunerado, sin embargo, no siempre es en las mejores condiciones gracias a la todavía presente brecha de género, tanto respecto a los salarios como a las oportunidades laborales adecuadas, encontrando la mayoría de opciones en actividades relacionadas con el cuidado de otres. Al mismo tiempo, sobre ellas recaen las labores de cuidado en el hogar (lo privado), de la crianza, de familiares con enfermedades o discapacidad, etc., incrementando la carga de trabajo dos o tres veces más que los hombres, que suelen ser atendidos en el hogar por las mujeres. Se ha documentado que esa doble y a veces triple jornada tiene impacto en la salud mental de las mujeres, ya que la dinámica cotidiana hace que vivan para otras personas, dejando de lado las necesidades y deseos personales, para lo que, además, son educadas desde la infancia. Es en el hogar y de la mano de las mujeres donde se suelen satisfacer las necesidades emocionales.

Por otro lado, son objeto de múltiples tipos de violencias por ser mujeres, siendo el hogar uno de los lugares más peligrosos para ellas y el espacio público, que es ocupado por los hombres, es totalmente amenazante. Además, los estereotipos de género les exigen ser multitareas y excelentes en todo lo que hacen, jóvenes, cumplir con los estándares de la belleza hegemónica, mostrar siempre que son felices y estar a disposición de los deseos masculinos, de lo contrario, son fuertemente juzgadas si expresan insatisfacción con alguno de sus roles.

Con todo esto cobra sentido que las mujeres sean más propensas a los trastornos de depresión, ansiedad y de la conducta alimentaria. Por un lado, es humanamente imposible cumplir a cabalidad con todas las demandas sociales que recaen sobre las mujeres por el hecho de ser mujeres. Y por el otro, estos trastornos aparecen en mujeres que han sido víctimas de violencia.

Para los hombres el panorama es diferente pero igualmente problemático. Al asociar la masculinidad hegemónica a la razón y la fuerza, se le coartan sus necesidades afectivas y emocionales, lo que no despoja a los hombres de las emociones, sino que los lleva a reprimirlas. Por eso, desde muy niños se les prohíbe la tristeza y el miedo, así como las expresiones como el llanto, asociando esto a lo femenino que es desvalorizado (“los niños no lloran”, “pórtate como un hombrecito, no como una nena”). Esta limitación de la gestión emocional en los niños ayuda a explicar la prevalencia en trastorno por consumo de sustancias en hombres, como una estrategia de afrontamiento a la represión emocional en un mundo que les exige ser siempre fuertes, proveedores y exitosos, cuando la realidad cada día es más complicada. Esto genera la pregunta de si los hombres no sufren de depresión y ansiedad o no son diagnosticados de manera apropiada, bien porque no consultan a tiempo o porque los criterios diagnósticos no encajan con el estereotipo masculino.

Durante la socialización, el establecimiento de limites y prácticas de cuidado y autocuidado no suele darse de forma igualitaria. Mientras que para las niñas y adolescentes mujeres hay estrictas regulaciones, muchas veces ambiguas, sobre el cuerpo, la vestimenta, las relaciones socioafectivas, el uso del espacio público, etc., con los niños y adolescentes varones los límites se flexibilizan, siempre que no se desvíen de los mandatos de la masculinidad (exitosos, fuertes, competitivos, proveedores, heterosexuales, etc.). Los hombres transitan sin limitaciones del espacio público al privado, son dueños de ambos, por lo que existe un derecho masculino implícito sobre todo y sobre todos. Esta ausencia de límites puede dar luces sobre el porqué la prevalencia del trastorno de la conducta y la personalidad antisocial es mayor en hombres.  

Las personas LGBTIQ+ por su parte son objeto de múltiples violencias por prejuicio a razón de no cumplir con los estereotipos de género o, en algunos casos, navegar entre ellos, siendo objeto de múltiples violaciones a los derechos humanos como violencia, tortura, procedimientos médicos involuntarios e innecesarios y discriminación, acompañado de la negación de la atención en salud o las atenciones negligentes por prejuicios. Estos son factores estresantes que facilitan el desarrollo de problemas de salud mental, encontrando en esta población altas tasas de depresión, ansiedad, consumo de alcohol y otras sustancias y suicidio, problemas que no son derivados de las orientaciones sexuales o identidades de género diversas, sino de la violencia social a la que son sometides.  

El fenómeno del suicidio también permite dar cuenta de la diferencia de género. Las mujeres son formadas para estar a disposición del otro y su cuidado, rol que entra en un conflicto con la conducta suicida que es expresado a través de la culpa, quedando solo en el intento, aunque en las últimas mediciones han aumentado los suicidios de mujeres, especialmente adolescentes y jóvenes. Los hombres por su parte, suelen tener menos control de impulsos, de manera que son más violentos con ellos mismos, lo que explica que tengan la mayor prevalencia en suicidios consumados.

Con todo esto, si tomamos la definición de salud mental de la Organización Mundial de la Salud:un estado de bienestar mental que permite a las personas hacer frente a los momentos de estrés de la vida, desarrollar todas sus habilidades, poder aprender y trabajar adecuadamente y contribuir a la mejora de su comunidad…”, podemos decir que las oportunidades para lograr estos criterios de salud mental no son iguales para todo el mundo y estas desigualdades se explican en factores que se cruzan como el género, la raza/etnia, la orientación sexual, la clase social, la edad, etc., creando intersecciones diferenciales.

Pero además, en la misma definición la OMS dice que la salud mental es un derecho fundamental, que es vulnerado por cuenta de esas desigualdades. Esto nos da la oportunidad de ampliar la mirada incluso más allá del reconocimiento que hace el concepto de que la salud mental es más que la mera ausencia de trastornos mentales, para pensarla en términos sociopolíticos, identificando la influencia que tienen en la salud mental las relaciones de dominación-subordinación que se establecen por el género.

  1. Algunas investigadoras feministas han señalado que el trastorno límite de la personalidad o borderline se ha constituido como una versión renovada de la histeria, que en su momento se utilizó para controlar la sexualidad de las mujeres, puesto que han encontrado que la mayoría de mujeres con este diagnóstico han sido víctimas de violencia basada en género en algún momento de la vida, por lo que el diagnóstico podría servir para ocultar las consecuencias de la violencia patriarcal patologizando a las mujeres. ↩︎

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