El dolor involucra la violación o transgresión de la frontera entre el adentro y el afuera, y si siento la frontera se debe justo a esa transgresión.

Sara Ahmed, 2015

El orden social patriarcal se organiza en categorías binarias con variables aparentemente opuestas entre sí: razón/emoción, mente/cuerpo, cultura/naturaleza, público/privado, masculino/femenino. Binarios que además de opuestos, están generizados, de manera que la razón, la mente, la cultura y lo público se asocia con lo masculino y lo emocional, el cuerpo, la naturaleza y lo privado con lo femenino. En ese marco, la psicología con las ciencias positivistas planteó al ser humano como individual y racional, dando cabida a las explicaciones psicobiológicas sobre la supuesta inferioridad de la mujer.

Desde este enfoque, las emociones se proponen como respuestas fisiológicas a diferentes estímulos que desencadenan respuestas conductuales. Se han catalogado como universales, estableciendo tipologías y categorías. Una de las más famosas y aceptadas es la teoría de Paul Ekman que define 6 emociones básicas universales: ira, tristeza, miedo, alegría, asco y sorpresa. La universalidad viene de sus estudios sobre las expresiones faciales en el marco de las respuestas emocionales, que el autor cataloga como involuntarias, inconscientes y transculturales, por lo tanto, biológicas.

La teoría de Ekman, cómo tantas otras, ha sido criticada por no tomar en cuenta variables culturales que atribuyen diferentes significados tanto a las emociones como a sus expresiones corporales y lingüísticas, el contexto social en el que se producen las emociones, la existencia de emociones mixtas o complejas y el proceso de socialización en el que las personas aprenden no solo a identificar y gestionar las emociones, sino el hecho de que las emociones existen.

Ahora, en las ciencias sociales, especialmente desde las teorías críticas, se ha mostrado que las personas somos más sociales que individuales y más emocionales que racionales. De hecho, dan cuenta de que las emociones son socialmente construidas, se aprenden en comunidad y están cargadas de juicios de valor, conceptos y normas compartidas.

Pero, si las emociones son socialmente construidas y todas, todes y todos participamos de la construcción social, la pregunta que se hace desde el feminismo es ¿Por qué solo las mujeres han sido categorizadas como emocionales?

Sara Ahmed explica que los afectos surgen del encuentro entre los objetos y los sujetos que configuran los límites y significados de ambos y muestra como a lo largo de la historia algunas emociones como el odio, el amor, el asco y la ira han conformado, dotado de sentido y jerarquizado cuerpos específicos. De manera que, la relación entre las emociones, los cuerpos y las mujeres ha servido para justificar la exclusión de éstas de los asuntos públicos, lo que también ha sido denunciado por grupos racializados, colonizados y disidencias sexuales, puesto que la emocionalidad, como irracionalidad, ha servido para delimitar todo aquello que no es masculino, blanco, heteronormativo y occidental, y precisamente los reclamos sociales a las estructuras opresivas parten de las emociones ligadas a las injusticias.

Las mujeres han sido caracterizadas con un bagaje afectivo que incluyen el amor, los cuidados, el sentimentalismo, la bondad, la empatía, la sensibilidad, etc., por lo que expresiones emocionales como la rabia y la ira son vistas como anormales e incluso patológicas en ellas. La rabia es la única emoción que se le permite a los hombres, pues sirve para explicar la agresividad como un asunto instintivo. La tristeza y el miedo, por el contrario, representan una amenaza a la masculinidad, de manera que son emociones prohibidas para ellos.

Las emociones son fundamentales para la supervivencia de las personas en tanto tienen funciones de adaptación y socialización; y la gestión social de las mismas son claves para el mantenimiento del sistema patriarcal capitalista. Volviendo a Paul Ekman, voy a tomar – para no extenderme de más – 4 de las 6 emociones básicas que plantea para ejemplificar este asunto:

La alegría permite identificar las situaciones positivas, los éxitos, lo gratificante y lo placentero. Nos impulsa a socializar y vincularnos con otras personas de manera constructiva y propositiva, por lo que es clave para la salud y el desarrollo. Sin ella, tenemos dificultades para reconocer las propias capacidades y socializar y vincularnos con otras personas.

Si se analiza la función de alegría en el marco de los roles de género, cobra sentido que las mujeres sean las que más consulten a los servicios de salud mental por baja autoestima, ya que, por ejemplo, el llamado síndrome del impostor, término que no es reconocido por la psicología pero que habla de aquellas personas que no reconocen el éxito profesional como propio, sino que lo atribuyen a la suerte o a una exageración, aparece particularmente en las mujeres. Así mismo, el mito patriarcal de que la peor enemiga de una mujer es otra mujer limita las opciones de socialización de las mujeres al universo masculino, haciendo que muchas no encuentren ni placentero, ni constructivo, ni mucho menos propositivo la socialización entre mujeres. De allí la reivindicación feminista de las amigas.

Al mismo tiempo, la alegría está vinculada al ideal de felicidad, que lejos de un estado psíquico ligado al bienestar, se ha convertido en un fin último de la vida que debemos conseguir. Así, si tenemos una vida acomodada, la depresión, en apariencia, pierde sentido. Ya Betty Friedan explicó en los años 60 en La Mística de la Feminidad, como la vida familiar con las tareas del cuidado y la crianza en el mundo de lo privado, no hacía felices a las mujeres como se suponía que debía ser. Por el contrario, las mujeres estaban enfermando y presentando una infelicidad profunda. El sistema patriarcal promete la felicidad en el marco de los roles de género y el capitalismo en las prácticas de consumo. Por lo que la alegría termina siendo una emoción socialmente impuesta, por encima de su necesidad para la supervivencia, pues anula la importancia de las otras emociones y nos mantiene en una búsqueda infinita de una felicidad que, mientras se mantengan los sistemas de opresión, siempre será ficticia.

La tristeza, es una emoción muy menospreciada. Nos permite reconocer las pérdidas e identificar aquellos aspectos que le dan sentido a la vida. La tristeza invita a recogerse, a reposar para poder ver desde la quietud aquello que es importante y al mismo tiempo, invita a pedir ayuda. Su vinculación a priori con la depresión ha llevado a patologizar esta emoción que ha sido clave para el despertar de los grupos oprimidos.

La tristeza ha sido asociada con el sentimentalismo femenino, ubicando a las mujeres en un lugar de debilidad que justifica la necesidad de la protección viril masculina. Socialmente, lo deseable es definido por los estándares patriarcales, por lo que así cómo la mujer se considera incapaz e infantil, la tristeza se lee como un problema de carácter, en contra posición de la fortaleza masculina que no llora, no es sentimental y no necesita ayuda. De manera que es una emoción prohibida expresamente para los hombres y se evidencia en la crianza, casi todos – por no decir que todos – han escuchado que les dicen, en algún momento de sus vidas, que los hombres no lloran. Y esto no significa que ellos no sientan tristeza, la sienten, pero la tienen que evitar, reprimir y en últimas, la expresan a través de la rabia.

Así, la negación de la tristeza para los hombres y su romantización en las mujeres, ayuda a sostener el sistema patriarcal a través de los roles estereotipados de género. Y al mismo tiempo, la estigmatización de la emoción se acompaña con la imposición de la alegría y la felicidad, obligándonos a mantenernos en función de las dinámicas de producción y consumo del sistema capitalista.

La rabia es una de las emociones que mayores reivindicaciones ha tenido desde el feminismo y en general de los movimientos sociales. Si la tristeza es clave para el despertar de los grupos oprimidos, la rabia es fundamental para las acciones en pro del cambio social. La rabia nos permite identificar las situaciones injustas, cuando hay una amenaza a nuestra integridad. De allí que sea el motor de las causas sociales.

Es una emoción masculinizada, es decir, se les permite solo a los hombres. Y esto tiene que ver con la construcción de la masculinidad como subjetividad privilegiada con derechos ante todo y sobre todes. Las situaciones detonantes de emociones como la tristeza o el miedo se pueden leer como una limitación del privilegio, lo que se considera injusto en la masculinidad hegemónica. Para las mujeres, por el contrario, es una emoción prohibida. Cuando las niñas se enojan se les dice que se ven feas, asociando la expresión emocional a la estética. Cuando son adolescentes y adultas, se minimiza con expresiones como “me encanta verte enojada”, “te ves sexy cuando estas brava”, desvalorizando la situación injusta o amenazante que detona la rabia.

La agresividad que acompaña a la virilidad masculina se ha asociado con la rabia, de manera que muchas mujeres manifiestan sentir miedo de sentir rabia porque no quieren ser violentas. Ahora, si bien una amenaza a la integridad implica la posibilidad de una actitud defensiva, la rabia no es sinónimo de violencia ni de agresión. Por eso, las actitudes violentas de muchos hombres en contra de las mujeres y diversidades sexo-genéricas no se pueden explicar en la rabia o la ira, que es una de las justificaciones por excelencia, los hombres tienen la capacidad de controlar sus impulsos. Así, mientras ellos justifican sus conductas agresivas en la rabia y consiguen comprensión social, las mujeres suelen sentir culpa y vergüenza cuando se defienden de una situación amenazante al encontrar duros juzgamientos por ponerse en situaciones que las amenazan, lo que denota el doble estándar de la carga de género que tiene esta emoción.

Ese doble estándar es lo que ayuda a los sistemas de dominación a mantener a raya a los grupos oprimidos, pues no importa si actúan o no, siempre serán señalados como responsables de su realidad. Por eso el feminismo se ha dado a la ardua tarea de recuperar la rabia para las mujeres, dignificándola al reconocer que las amenazas y los daños a nuestra integridad no son ocasionadas por nosotras, sino que la estructura y el funcionamiento social nos pone en una situación de desventaja que no solo nos desmoraliza, sino que nos violenta y nos pone en un riesgo constante de muerte por ser mujeres. De manera que la rabia es digna.

El miedo es una emoción clave para la supervivencia, pues nos permite identificar situaciones peligros, reales o no, que ponen en riesgo no solo la vida, sino el desarrollo personal, socioafectivo, profesional, etc. El miedo habla de las cosas que podemos perder. Se relaciona con la ansiedad, pero no son sinónimos, como muchas veces se cree. El miedo responde a estímulos en el presente y la ansiedad anticipa situaciones futuras. Tiene diferentes estrategias de respuesta (ataque, huida, parálisis) y no siempre usamos las mismas, cada situación que produce miedo puede tener una respuesta diferente.

Socialmente el miedo se asocia con cobardía, por lo que es otra emoción prohibida para los hombres y naturalizada – e impuesta – en las mujeres. Los príncipes azules de los cuentos de hadas no pueden sentir miedo para luchar con los dragones y rescatar a las princesas de las garras de las brujas.

Esa misma imagen de la princesa que necesita ser rescatada es la que lleva a naturalizar el miedo en las mujeres. Pero realmente es un miedo impuesto. Las mujeres aprendemos a vivir con miedo: de los hombres.

En el proceso de socialización, a los niños y adolescentes varones se les permite, por ejemplo, habitar la calle por más horas, especialmente nocturnas y a más temprana edad que a las niñas y adolescentes mujeres. A ellas, en cambio, se les recuerda constantemente cómo deben vestirse y comportarse para no atraer a hombres abusadores o para no ser tildadas de descarriadas, putas, locas. El problema es que es imposible saber qué hombres son abusadores y cuáles son los límites del comportamiento adecuado e inadecuado, pues eso depende de la cabeza patriarcal (que puede estar en otra mujer) que evalúe y juzgue la norma transgredida (el largo la falda, el escote, el tono de la voz, la hora de llegada, las habilidades domésticas, etc.).

Así mismo, a las mujeres se nos enseña desde muy pequeñas a no confiar en otras mujeres y a competir con ellas por el amor masculino, por lo que crecemos con la idea de que hay una bruja que nos amenaza con quitarnos al príncipe, cómo si él no tuviera capacidad de decisión. De manera que, los hombres crecen con la libertad como privilegio y las mujeres con el miedo como jaula de oro.

Hay otras emociones que por la riqueza de su análisis les voy a dejar apartados específicos como el amor, la culpa, la vergüenza y el odio.

Es importante recordar que las emociones no son ni buenas ni malas, simplemente son, nos proveen información sobre lo que estamos viviendo, son necesarias para la supervivencia y todas, todes y todos tenemos derecho a vivirlas, experimentarlas y expresarlas; negarlas, ocultarlas y evitarlas solo afecta la salud mental.

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