
*No voy a referirme a colegios porque es un contexto que involucra menores de edad y, por tanto, la configuración de un delito diferencial, que aún estando en el mismo orden explicativo, trae otras preguntas.
Constantemente se encienden debates en las redes sociales por las denuncias de estudiantes mujeres en contra de docentes hombres[1] por acoso y hostigamiento sexual, conductas inapropiadas como piropos, comentarios sobre el cuerpo, gestos obscenos, chistes sexistas, invitaciones a salidas no académicas, etc.
Ante esto, se ha vuelto común escuchar a profesores diciendo que ellos prefieren establecer “relaciones horizontales con sus estudiantes”, lo cual es un contrasentido en la medida que desconocen la verticalidad implícita e inevitable de la relación docente-estudiante. De manera que la respuesta a la pregunta con la que se titula este texto es un rotundo NO.
Por un lado, mientras que las calificaciones de les estudiantes dependan de criterios evaluativos determinados por les docentes – incluso siguiendo lineamientos técnicos e institucionales – la idea de relación horizontal es una gran falacia. Les estudiantes necesitan las calificaciones para certificar su formación académica, por lo que dependen de cumplir las pautas de les docentes, quienes además gozan de autonomía para evaluar con criterios cualitativos (que son necesarios, no se desvíen que aquí no estoy juzgando los mecanismos de evaluación, ese es otro tema).
Esa relación de dependencia para el desarrollo personal y profesional significa – para intentar explicarlo con plastilina – que les docentes tienen poder sobre la vida y el futuro de les estudiantes. Y en una relación de dos o más personas, cuando una tiene poder, la otras están, de alguna manera, subordinadas. Es decir, es una relación jerárquica, vertical.
Pero ¿Y sí las estudiantes acceden a esas propuestas de “relaciones horizontales”?
El consentimiento es el arma defensiva por excelencia de estos docentes. El asunto es que, si una persona tiene poder sobre la vida y el futuro de otra, el consentimiento está viciado y buscar un consentimiento viciado tiene un nombre muy claro: abuso de poder.
Cuando el futuro de una persona depende de otra, no consentir a sus peticiones y propuestas trae implícito un riesgo. Esto quiere decir que puede salir más costoso para la estudiante, en apariencia y con miras al futuro, decir que no a decir que sí; cuando decimos que no, no sabemos como lo va a tomar la otra persona. ¿Qué pasa si el profesor se ofende porque una estudiante lo rechaza? ¿Va a usar los mismos criterios para evaluar a esa estudiante que usa con les demás? A las mujeres nos matan a diario por decir que no, nos roban la vida. El NO en boca de una mujer puede ser una condena.
— Usted docente, que me lee, puede pensar que no se ofendería, quizá usted es un santo, pero la realidad es que para les estudiantes es imposible saberlo, porque, aunque quisieran, no tienen la capacidad de leer su mente, de ahí que el NO implique un riesgo enorme. –
El solo poner a alguien en esa situación representa no solo un abuso, sino una falta de ética que, por cierto, las instituciones universitarias se niegan siquiera a cuestionar. Negativa que es evidente en la negligencia presente a la hora de aplicar sus propios protocolos. Negligencia que es, a su vez, evidente en la viralización frecuente de tantos casos. Y el problema no es que se viralicen.
Por otro lado, que este asunto sea tan frecuente en la relación docente hombre – estudiante mujer, habla de que la universidad sigue siendo un territorio en disputa para las mujeres. Como bien dice Ana Buquet, las mujeres somos intrusas en la universidad. Y, si somos intrusas, el abuso de poder y la violencia basada en género funciona como un recordatorio de que no debemos estar ahí.
Cuando un docente hace uso de las relaciones horizontales para hacer invitaciones y comentarios inapropiados a una estudiante, inmediatamente la saca del rol de estudiante, pero él sigue en su rol docente, con el poder. La relación jerárquica no se pierde.
Si ella no recibe lo que él está haciendo u ofreciendo, puede ser castigada, con la nota, con indiferencia académica, con burlas, con acoso u hostigamiento, entre otros. Si, por el contrario, ella acepta, tendrá que vivir con miedo a ser descubierta, humillada y considerada “la fácil”, “la buscona que se sienta en la nota”, la que no “merece” estar en ese lugar. Las mujeres perdemos y seremos juzgadas no importa lo que hagamos. Se llama «patriarcado por consentimiento».
El docente, que nunca perdió su posición de poder, no asume ninguna responsabilidad, la mayor consecuencia es tener que dejar ese puesto y migrar a otra institución – dónde hace exactamente lo mismo – mientras que la estudiante, termina siendo invalidada como mujer, como estudiante, como futura profesional. La estudiante deja de ser persona para pasar a ser un chiste.
Y de esta manera, el docente le recuerda a esa estudiante – y a todas las demás – que para habitar la universidad tiene que correr el riesgo de ser anulada como persona, porque no pertenece a ese lugar. Es el precio a pagar. Y, además, ese docente es respaldado por colegas que saben que esto ocurre pero prefieren hacer caso omiso, por otres estudiantes que secundan y hasta ejecutan la posible o real humillación pública de la estudiante y por la institucionalidad que se hace la sorda ante una situación ruidosa.
En 1935, Gerda Westendorp Restrepo fue la primera mujer en ingresar como estudiante a una universidad en Colombia. Hoy, 89 años después, seguimos siendo intrusas. Las mujeres representamos más de la mitad de la población estudiantil universitaria (53,4% frente a 46,6%). Pero seguimos siendo intrusas.
Tú, docente, cuando hablas de “relaciones horizontales”, no estas siendo moderno ni chévere. Estás haciendo uso de tu privilegio masculino para abusar de tu poder y agredir estudiantes. No olvides que ya no cuentas con nuestro silencio, te estamos observando.
Tú, colega, que sabes que esto ocurre, pero prefieres el silencio argumentado que hay que “ser neutral”, realmente eres cómplice. Ante la violencia, la neutralidad es solo falta de ética y complicidad.
Tú, estudiante, que ves en la relación docente-estudiante por fuera de lo académico un chiste, no eres la persona irreverente que crees ser. Fuiste domesticado por una sociedad que desprecia a las mujeres y disidencias sexo-genéricas, eres le aliade más fuerte del patriarcado. Tu doble moral al utilizar situaciones de abuso de poder por parte de un docente para burlarte y humillar a una compañera, se llama violencia simbólica. ¿Esa es la clase de profesional que quieren ser?
Instituciones Universitarias, no olviden que el año pasado la Corte Constitucional estableció en la sentencia T-210-23 que las universidades tienen responsabilidad en omisiones y dilaciones en los procesos de violencia sexual y de género que se producen en ellas. No pueden lavarse las manos en la garantía a los derechos a vivir una vida libre de violencia y a la no discriminación.
Queridas estudiantes y colegas que han sido víctimas de estas perversas relaciones horizontales, no están solas, somos muchas y les creemos. El espacio universitario también nos pertenece, estar allí es un derecho conquistado.
Cómo dijo Simone Beauvoir:
«Que nada nos limite. Que nada nos defina. Que nada nos sujete. Que la libertad sea nuestra propia sustancia.»
[1] Si bien existen casos de estudiantes hombres con docentes mujeres, las denuncias son casi inexistentes porque en la masculinidad hegemónica no se concibe a la mujer con poder, mucho menos abusando del poder. Por eso, en este texto me referiré a docentes hombres.
