«El amor ha sido el opio de las mujeres, como la religión el de las masas. Mientras nosotras amábamos, los hombres gobernaban»

Katte Millett

El amor es una de las dimensiones de la vida más estudiadas por el feminismo. Y no porque las mujeres sean más emocionales o amen más intensamente que los hombres, sino porque en el amor se han establecido las bases para la opresión de las mujeres.

Desde la psicología el amor se entiende como una emoción compleja que involucra sentimientos de afecto y ternura y se compone de las experiencias de intimidad, pasión y compromiso. Esto, con sus respectivas explicaciones neurocientíficas que dan cuenta de que el enamoramiento funciona como una experiencia alucinógena, como si el amor fuera una sustancia adictiva.

Helen Fisher encontró en sus investigaciones que cuando nos enamoramos se activan las mismas partes del cerebro que cuando consumimos sustancias psicoactivas, el sistema de recompensa meso-límbico. Sabemos entonces que, en el enamoramiento, la euforia y la idealización de la otra persona está influenciado por la dopamina, la serotonina, la oxitocina y la adrenalina. De ahí que el desamor pueda verse como un proceso de desintoxicación, bien porque una relación se acaba o porque el amor es no correspondido.

Ahora, los análisis feministas amplían la mirada sobre el amor y lo desglosan en las dimensiones sociales, políticas, económicas, sexuales y reproductivas y culturales. Surge así el concepto de amor romántico como un modelo relacional en una sociedad patriarcal que considera a las mujeres inferiores y subyugadas a los hombres.

En psicología, la teoría más utilizada sobre el amor es la desarrollada por el psicólogo estadounidense de Robert Sternberg con la teoría triangular del amor. Él explica que existen diferentes tipos de amor que se configuran con la interacción de la intimidad (referida a la cercanía y confianza que permite la creación de vínculos significativos), la pasión (asociada a la atracción física y el deseo sexual) y el compromiso (se expresa en la decisión de establecer y continuar una relación). Así, existen relaciones que se basan en solo un componente, otras en la combinación de dos y el amor consumado que contiene los tres y que se considera el tipo de amor deseado.

El problema con la teoría de Sternberg es que desconoce, primero, las diferencias de género en la socialización que dan lugar a una construcción diferenciada tanto de los estilos relacionales como de la sexualidad. Y segundo, los mandatos sociales de heterosexualidad y monogamia. De hecho, la teoría de Sternberg se enmarca en los principios de heterosexualidad obligatoria y cisnormatividad.

En el proceso de socialización, la crianza de niños y hombres está marcada por una privación de los afectos. La prohibición del llanto que permite expresar emociones como la tristeza y el miedo, da lugar a una desvinculación emocional en las relaciones interpersonales. A las niñas y mujeres, por el contrario, se les socializa para administrar el cuidado, para lo que los vínculos afectivos son fundamentales.

El objetivo de esta socialización diferenciada es que los hombres prioricen el ejercicio público que gestiona la economía, la política, la ciencia y la cultura, y las mujeres, se enfoquen en lo privado, encargadas de proveer los cuidados básicos necesarios para garantizar la productividad masculina. Ahora, para que esto funcione, se establece la relación heterosexual como principio rector de la sociedad, dando lugar a las familias tradicionales conformadas por papá encargado de proveer alimento, techo, vestido y educación y mamá encargada de la crianza y el cuidado del esposo y el hogar.

El ideal del amor ha sido clave para sostener este orden social. El amor se presenta cómo eso que debemos alcanzar para tener éxito y autorrealizarnos. Pero la manera como aprehendemos el amor es también diferenciada.

Cómo explica Coral Herrera, el amor, como la religión, trae una promesa de salvación para las mujeres. En los cuentos de hadas, las novelas, las películas y las canciones, las mujeres están solas (rara vez tienen mamá, hermanas, amigas, etc.), son vulnerables e incapaces de sostenerse por sí mismas. Están siempre esperando a ser elegidas y rescatadas por un hombre fuerte, valiente e invencible que lucha contra grandes peligros por nosotras.  

Así, la autorrealización y la percepción del éxito de las mujeres está ligado a ser amadas. Y cómo son socializadas para vincularse afectivamente en pro del cuidado, amar es una habilidad fundamental. Para los hombres, en ese orden heterosexual, la autorrealización y el éxito depende del dominio de la vida pública y la acumulación de capital, para lo que también son socializados. Sin embargo, para garantizar su supervivencia, son los héroes que salvan a las mujeres, por lo que el amor que reciben de ellas lo leen como algo merecido, el pago por rescatarlas.

Y por esto, la monogamia es un mandato principalmente dirigido a las mujeres. El sistema social patriarcal garantiza una mujer (o varias, depende del contexto cultural) por hombre, sin que sea necesaria la relación inversa. Piensen, por ejemplo, en la dureza con la que se juzga a las mujeres infieles mientras que en los hombres la infidelidad es una conducta naturalizada (no solo normalizada), o el doble rasero en la construcción de la sexualidad: las mujeres deben ser consagradas a un solo hombre o eternamente vírgenes, de lo contrario son putas. Los hombres, por el contrario, gozan de libertad sexual amparado en el mito del instinto sexual incontrolable masculino.

Tomando todo esto en cuenta y volviendo a la teoría del triangulo del amor de Sternberg, el componente de intimidad es propio de las expresiones de amor de las mujeres. Somos nosotras las que establecemos vínculos profundos y significativos que permiten unas dinámicas basadas en el cuidado, tanto en las relaciones amorosas heterosexuales, como en las relaciones familiares y de amistad. Estas últimas son un ejemplo claro de esto. Para los hombres, la amistad suele ser distante, lo que se evidencia en las conversaciones que tienen entre ellos. Entre mujeres hablamos de nuestros sentimientos, preocupaciones, amores y desamores. Las conversaciones entre hombres no pueden incluir estas dimensiones humanas porque iría en contra de la heteronormatividad y, por tanto, se pondría en duda la masculinidad.

El componente pasional, referido a la atracción sexual, es autorizado para los hombres, no para las mujeres. La dimensión sexual de las mujeres está intrínsecamente ligada a la reproductiva. Cuando las mujeres se embarcan en relaciones heterosexuales, su sexualidad pasa a ser fuertemente vigilada y controlada por sus parejas hombres, puesto que así garantizan no solo la descendencia, sino los cuidados que las mujeres les proporcionan. Ellos, en cambio, pueden expresar el amor pasional a varias mujeres al tiempo y, además, esperan que las mujeres estén dispuestas a recibirlo y gestionarlo para ellos.

Esto explica la idea de que la pasión tiende a disminuir cuando las relaciones avanzan en el tiempo. No es por costumbre que se pierde la intensidad del deseo sexual, es porque una relación se estabiliza cuando las mujeres empiezan a ejercer las funciones de cuidado del hombre, representando así la función materna sobre la que se pierde todo interés sexual, y cómo en ellas el sexo está asociado a la reproducción, se vuelve una dimensión socialmente innecesaria después de tener hijes. De allí que uno de los principales motivos de consulta psicológica de las mujeres tenga que ver con la insatisfacción en sus relaciones y la sensación de estar maternando a sus parejas.

El tercer componente planteado por Sternberg, el compromiso, visto a la luz del orden de género es interesante. Para las mujeres, el compromiso en el amor construido en un sistema patriarcal implica renunciar a los sueños y deseos individuales. Se sacrifica o retrasa el desarrollo profesional para atender la crianza, limitando así la autonomía económica que permite la independencia y la libertad, en aras de la construcción de la vida en conjunto. La limitación de la autonomía económica lleva a la subyugación al hombre proveedor, situación que se disfraza de agradecimiento y que representa un riesgo para la violencia.  

El compromiso para los hombres no es, per sé, un compromiso con las mujeres con las que tienen una relación. Funciona, bajo el contrato sexual, como un compromiso con otros hombres sobre que mujeres están o no disponibles. Por eso la infidelidad masculina es socialmente castigada solo si ocurre con una mujer que está en pareja con otro hombre. Por eso el reclamo de las mujeres a sus parejas suele dirigirse a la falta de compromiso, que se traduce en falta de colaboración con las tareas del cuidado y con las posibilidades al desarrollo personal y profesional.

Todo esto no significa que se deba renunciar al amor. Al contrario, la propuesta feminista es radicalizar el amor. Para esto, el reto es construir relaciones en condiciones de igualdad, en las que la reciprocidad, la negociación constante y el cuidado sean condiciones fundamentales.

2 comentarios sobre “El amor como eje organizador de la sociedad patriarcal

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