Hablemos de la nueva miniserie de Netflix, Adolescencia, creada por Jack Thorne y Stephen Graham y dirigida por Philip Barantini, una genialidad de cuatro capítulos que nos atrapa en la historia de un feminicidio cometido por un joven de 13 años contra una compañera del colegio. No es el típico drama criminal sobre la búsqueda del asesino, porque desde el principio sabemos que Jamie Miller es culpable, sino sus motivos, ¿por qué hizo lo que hizo? ¿por qué la mató?

Ha generado un gran debate en torno a los peligros de las redes sociales, la crianza de las infancias y adolescencias, el rol de las escuelas en el desarrollo de les menores y también puso sobre la mesa términos como incel, androsfera o manosfera (subculturas transnacionales presentes en Internet que explotan la posibilidad del anonimato para compartir y difundir sus ideas misóginas, racistas, xenófobas, antisemitas, etc.). Sin embargo, no se enfoca específicamente en ninguno de estos puntos, sino en sus interrelaciones. Adolescencia es una serie profundamente incomoda porque expone abiertamente el contexto que alimenta la manosfera, que no es otra cosa que la propuesta del sistema patriarcal en su formato original, y que pone en gran riesgo a infancias, adolescencias, mujeres, personas LGBTIQ+ y en últimas, a todo el tejido social, pues produce sistemáticamente casos de violencia basada en género como los de Jamie y Katie.

La serie inicia mostrando la estructura social basada en el contrato sexual. Lo primero que vemos es al detective Bascombe recibiendo un audio de su hijo – que es un poco mayor que el joven que están por capturar – pidiéndole permiso para no ir al colegio porque no se siente bien. El detective opta por ignorar su mensaje y dejar que sea su pareja, la mamá, quien lo resuelva justificándose en que él “es el blando”, dejando ver que la responsabilidad de la autoridad y los límites, en últimas la crianza, recae sobre la madre, que lo hará ir a clase, sin que él sea parte de eso.

Carole Pateman explica que el patriarcado se funda en un contrato social basado en las ideas de ciudadanía y libertad de los varones, con la satisfacción de sus deseos sexuales y la correspondiente subordinación de las mujeres como uno de sus ejes fundacionales. Así, el contrato social pasa a ser un contrato sexual que anula la autonomía de las mujeres, exiliándolas a la esfera privada de lo domestico dedicadas al matrimonio, el hogar y las labores del cuidado y sin ningún control sobre su sexualidad.

Más adelante aparecen las redes sociales. En su Instagram, Jamie tiene fotos con sus dos amigos y fotos de mujeres mayores desnudas o semidesnudas, con las que no quisiera tener nada porque son mayores, pero simplemente le gustan, colecciona este tipo de imágenes. En sus publicaciones aparecen comentarios en código de emojis de la víctima, Katie, que les detectives de entrada asumen que son “amistosos”, pues aparentemente para elles, a los 13 años toda interacción tiene que ser amistosa. Ni siquiera reaccionan a la expresión de confusión de Jamie cuando le preguntaban si Katie era su amiga. Damos cuenta del menosprecio institucional y social por les jóvenes, especialmente adolescentes, a quienes se les suele restar capacidad de agencia al asumirles como niñes. Ni Jamie ni Katie son niñes.

En una conversación entre el detective y su hijo entendemos que esas interacciones no eran amistosas, sino que Katie lo estaba llamando incel. El menosprecio que mencionó en el párrafo anterior por les jóvenes y adolescentes, es el mismo que tiene el Estado por las mujeres, y aquí se hace evidente cuando el detective omite todo el contexto histórico, social y cultural de ese término para minimizarlo en dos sentidos: el primero “¿qué niño de 13 años no es célibe?”, y el segundo “Katie le estaba haciendo bullying a Jamie diciéndole incel”. Hasta ahí muestra interés por lo sucedido, simplemente quiere encontrar el arma homicida y desentenderse, parece que la realidad lo supera.

Incel hace referencia a “Célibes Involuntarios”, un movimiento online de varones heterosexuales que odian a las mujeres por rechazar sus pretensiones sexo-afectivas, considerando que tienen un derecho natural a relacionarse con ellas en términos sexuales. Manejan una ideología antifeminista y misógina que considera que el feminismo ha generado opresión al varón y el avance en derechos de las mujeres, son en realidad privilegios que promueven el odio y la dominación a los varones, ubicándolos a ellos en desventaja frente a otros en la repartición de las mujeres, de allí que siempre se enuncien como víctimas, especialmente del feminismo. Aunque existen en todas las nacionalidades, diversidad étnica e ideologías políticas, es muy común verlos simpatizando con grupos de ultraderecha conservadora y supremacistas blancos, en conexión con las actitudes misóginas, racistas, antisemitas, homofóbicas y nazis. Al que le hicieron una mención en la serie (suficiente para darle más audiencia, en mi opinión totalmente innecesario) es amigo personal de varios lideres políticos actuales de derecha y ultraderecha.

No es un fenómeno nuevo y tampoco se inventaron las ideas que manejan. Ese derecho natural que creen tener sobre las mujeres es el contrato sexual puesto en práctica. Por otro lado, uno de los grandes peligros de las redes sociales radica en que sus creadores y dueños deciden restringir su potencialidad para el cambio social al alienarse con la distorsión de la libertad de expresión al permitir los discursos de odio como un derecho en el marco de la llamada “batalla cultural” y no reconocerlos como lo que realmente son: violencia. Así, la manosfera y otros ecosistemas de odio han encontrado una acogida sin titubeos en las redes sociales. Es por eso, que la problemática que nos plantea Adolescencia no puede ser abordada únicamente con el control y vigilancia de lo que consumen les jóvenes en redes, pues en la realidad política actual no existe ninguna voluntad para contener los discursos de odio, son necesarios para lograr lo que algunos líderes políticos desean: volver a las costumbres tradicionales del sistema patriarcal.

La visita al colegio en el segundo episodio y los acontecimientos del cuarto nos dan una mirada espectacular a la perfecta interacción entre el sistema social patriarcal y el nivel comunitario y organizativo en el que habitamos cotidianamente. El colegio es una institución desbordada, centrada en el prestigio, la acumulación de información y la disciplina sumisa más que en la transmisión de conocimiento y formación de seres humanos, docentes y estudiantes gritándose mutuamente y situaciones de bullying. La descripción que hace la detective Misha Frank como un lugar horrible que huele a orines podemos sentirla a través de la pantalla. Un lugar habitado por muchas personas, que instrumentaliza símbolos para decir que son inclusivos (las cintas de los porta-carné del personal del colegio son banderas LGBTIQ), pero que no ve a nadie.

Mientras lo que parecían directivas del colegio discutían porque con el feminicidio la imagen de la institución estaba siendo afectada y quejándose porque alguien les recomendó facilitar espacios para acompañar el duelo de les estudiantes, Jamie decía que su materia favorita es historia y el respectivo docente que no sabe nada de él, “nunca lo vi”. Nadie se detiene en las situaciones de bullying que fueron tan claras contra el hijo del detective, más allá de un docente que dice que es inaceptable y porque el papá de la víctima estaba presente. Ya en otros momentos he hablado de que el bullying no es cosa de niñes como se piensa muchas veces, sino que es violencia patriarcal.

El contrato sexual también se hace evidente en este contexto. Cuando el detective entiende que Katie le estaba diciendo incel a Jamie, a pesar de que no es una palabra nueva en su vocabulario, asume con facilidad que es un caso de bullying, dejando abierta la peligrosa interpretación de que ella es la agresora y por eso la mataron. Y en esto han caído muchos análisis que he leído. Jamie era víctima de bullying, pero no es tan claro que la agresora fuera Katie.

En el tercer episodio Jamie nos cuenta que Katie fue víctima de ciber violencia cuando difundieron fotos suyas semidesnuda sin consentimiento, de violencia estética o body shaming y acoso. Todas violencias basadas en género, y el joven de 13 años no solo participó activamente de todas, sino que quiso aprovecharse de eso. De hecho, lo que le pareció terrible al joven fue que el compañero que difundió las fotos no esperó a tener fotos de otras estudiantes, “es un idiota, ahora nadie confiará en él”. Y nos deja claro que la interacción de Katie diciéndole incel fue después de que la invitara a salir, cuando él esperaba que ella estuviera lo suficientemente vulnerable como para no rechazarlo, lo que, en la cultura de la violación, para las mujeres “no rechazar” no es lo mismo que “aceptar”. Todo parece indicar que Jamie no solo conocía la manosfera, sino que empezaba a comportarse como un miembro. Jamie si era víctima de bullying, pero Katie era su víctima, no su victimaria.

La experiencia de violencia vivida por Katie es contada por la rabia de su amiga, Jade. Ella estaba visiblemente indignada, expresaba rabia con su mirada, sus palabras, sus lágrimas, sus golpes. Una rabia que quienes trabajamos con VBG sabemos que es digna rabia, que cuenta más de lo que la serie nos permite saber, absolutamente nadie se detuvo a escucharla, por el contrario, la sancionaron y la patologizaron, tal y como ocurre en los sistemas de salud y en los organismos judiciales: a pesar de ser estereotipadas como emocionales, cuando las mujeres expresamos abierta y sonoramente nuestras emociones, resulta más fácil clasificarnos como histéricas, irracionales, exageradas o ponernos un diagnóstico de depresión o trastorno límite de la personalidad y sobremedicarnos, que escuchar lo que tienen que contar esas emociones.

En medio de todo esto, Jade con rabia golpea Ryan (el amigo de Jamie) acusándolo también del feminicidio. Eso tampoco lo escuchó ni lo vio nadie. Ni repararon en que otro joven se burló de Ryan porque “lo golpeó una chica”, buscando avergonzarlo al poner en duda su virilidad. Así como, ante los ojos de todes y a la vista de nadie, la comunidad buscó avergonzar a Eddie al escribir pedófilo en su camioneta, que es la explicación facilista difundida socialmente cuando emergen sujetos agresores de mujeres, particularmente violadores: “seguro lo abusaron de niño”, que no solo es una falacia estigmatizante, sino que implica un lavado de manos a la problemática social que representa la VBG. La masculinidad hegemónica en todo su esplendor.

Michael Kaufman plantea un modelo comprensivo de la masculinidad hegemónica (columna vertical del pensamiento incel y de la manosfera en general) que se constituye a partir de la negación y exclusión de lo que un varón no debe ser y no debe hacer. Y las semillas de esta masculinidad se siembran en el contexto familiar.

Por un lado, no pueden ser mujeres ni hacer lo que hacen las mujeres, negando todo rasgo de feminidad (sentir tristeza o miedo, expresar afecto, llorar, cuidar, cuidarse, pedir ayuda, labores domésticas, etc.). En la entrevista con la psicóloga, Jamie dice que lo que su papá y su abuelo paterno tienen en común es que son hombres; describe algunos aspectos de su padre, sobre todo los relacionados con el trabajo, cuando le preguntan si es cariñoso, su respuesta es “no, eso sería raro”; le preguntan si se enoja, y recuerda una ocasión donde su padre reaccionó de forma agresiva, que a Jamie le pareció graciosa.

En el primer episodio vemos a un Eddie Miller haciendo un esfuerzo por no demostrarle a su hijo que tiene miedo, se lo confiesa en privado al abogado, pero se mantiene “fuerte” hasta que ve el vídeo del asesinato, momento en el que intenta esconderse para ocultar su llanto. Igualmente, en el cuarto episodio, vemos a un hombre emocionalmente contenido, intentando sostenerse en el rol de padre protector que nada lo afecta, pero no puede controlar la frustración, es agresivo, impulsivo, invalida constantemente a su esposa Manda y su hija Lisa, que también están viviendo esta situación y se ven obligadas a contener igualmente sus emociones para poder apoyarlo a él. En las familias patriarcales, que son las familias más tradicionales, estas emociones no son bienvenidas.

Eddie habla de que quiso romper con la crianza violenta de su padre y darle una vida totalmente distinta a Lisa y a Jamie. El problema es que paso de no expresar todo con agresividad, como su padre, a no expresar absolutamente nada. Eddie es el típico padre de familia que sorprende y conmueve a todes cuando lo ven llorar, pues no es parte de su repertorio emocional habitual. Esa falta de expresión emocional hizo que Jamie interpretara que era una vergüenza para su padre cuando no le fue bien en el futbol, en lugar de la compasión y quizás algo de temor, que realmente sintió cuando vio que se burlaron de su hijo.

La otra negación constituyente de la masculinidad hegemónica es basada en la homofobia. Los varones masculinos no pueden ser gay, por lo tanto, no pueden establecer vínculos afectivos entre varones, solo crear alianzas fraternales y competir entre ellos. Y tampoco pueden tener amigas mujeres, porque el único vínculo permitido con ellas es sexo-afectiva bajo una dinámica de dominación. Así la masculinidad está fundamentada en la misoginia y en la homofobia, creando jerarquías basadas en el poder y la dominación tanto sobre las mujeres como sobre otros varones, especialmente aquellos que se consideran afeminados.

Jamie es reiterativo con la psicóloga para dejarle claro que no es gay. Le cuenta que su papá no tiene amigas mujeres y él tampoco, “no soy idiota” dice al respecto. De sus amigos tampoco habla mucho, sabemos que Ryan aparentemente era el más cercano, pero después de que éste habla del cuchillo con el detective, Jamie lo califica como “tonto”, pues Ryan no sostuvo el pacto patriarcal al confesar que él le dio el arma homicida.

En los últimos tiempos se ha hecho un esfuerzo por promover crianzas basadas en el empoderamiento para las niñas y adolescentes, proporcionando modelos y heroínas nuevas lejanas de los roles tradicionales del sistema de género configurado con el contrato sexual. Así mismo, se ha promovido la crianza en niños donde se validen sus emociones, se le permita llorar y ser vulnerable. La familia Miller parece ser una familia normal que hace este tipo de esfuerzos.

Sin embargo, si papá no expresa sus emociones y nunca se conmueve visiblemente para sus hijes, sus hijos varones no procesaran tan fácil que está bien expresarse; si mamá se presenta como la «supermujer multitasking» que es trabajadora, ama de casa, mamá y esposa, sus hijes no discutirán con la explotación doméstica a la que son sometidas las mujeres. Si el discurso que hoy acompaña modelos de crianza basados en la validación y la no violencia, no viene con un cambio en las actitudes y comportamientos patriarcales propios de madres y padres, los mensajes nunca serán claros y cada cosa quedará abierta a interpretaciones de las infancias y adolescencias que están conociendo y comprendiendo al mundo a través de múltiples interacciones humanas cotidianas.

La regla incel mencionada en la serie del 80/20, se refiere a que el 80% de las mujeres se sentirán atraídas solo por el 20% de los varones. Por lo tanto, ellos tendrán que luchar para entrar en ese 20%, bien sea entre ellos mismos, o bien violentando mujeres para hacerlas vulnerables ante ellos. La premisa de Jamie de “soy feo” para explicar porque Katie le decía incel, parte de aquí. Este es el argumento que usan normalmente para desestimar las denuncias de acoso o los señalamientos de lovebombing (grandes muestras de “amor” en público) con la idea de “si el tipo es feo es acoso, si es guapo no” o del “soldado caído” que aparece sin falta cada 14 de febrero cuando una mujer rechaza un regalo llamativo y enorme en público. Se victimizan si se les rechaza, si se les niega el consentimiento. Nunca se toma en cuenta el deseo de las mujeres y su derecho a decir NO, porque lo único que importa es el deseo masculino del contrato sexual que se ve traicionado con la negación del consentimiento de las mujeres. Los varones hegemónicos entienden el mundo como propio y al ser propio, tienen derecho a explotar todo aquello que haga parte de ese mundo: mujeres, animales, naturaleza.

Esta regla es, en últimas, violencia simbólica contra las mujeres, puesto que hace norma la negación del consentimiento y es una distorsión de la realidad. Sin embargo, desde la crianza, la familia trabaja para que ellos ingresen al mencionado 20%: Frases comunes como «a las mujeres no se les pega ni con el pétalo de una rosa», pero no cuestionamos que acumulen y se compartan imágenes de mujeres desnudas o semidesnudas, abre las posibilidades del ejercicio de la violencia, pero castigando – en apariencia – la violencia física; La pregunta inmediata de ¿es tu novia? cuando vemos a un niño con otra niña, los limita a una sola forma de relacionamiento con las mujeres; Las expectativas que pesan sobre los adolescentes para que diseñen un proyecto de vida basado en el dinero «para que pueda sostener a una mujer y familia», son algunos ejemplos.

En el caso de niñas y adolescentes mujeres también encontramos esta crianza, de forma que nosotras también estamos programadas para jugarle a esa regla del 80/20. Desde muy chiquitas nos están enseñando que nuestras emociones aceptadas son la tristeza y el miedo, que puedan ser contenidas por un «príncipe salvador». La violencia estética y la cultura de la violación empieza desde muy temprana edad con las preocupaciones por el peso, por la forma del cuerpo, por cómo nos vestimos, caminamos y toleramos a los hombres. Nos preparan para ser objeto de deseo y no seres deseantes. Un ejemplo extremo es decirle a la niña que no vista falda cuando venga el tío, en lugar de decirle al tío que no venga, le estamos enseñando que él tiene derecho si la niña le autoriza con su vestimenta y que esa autorización no es para todos. Las adolescentes reciben constantemente un discurso ambiguo: «estudia para que seas profesional e independiente, pero consigue un marido rico y guapo que te sostenga». Sí, es cierto que a nosotras nos enseñan el amor en términos económicos y utilitaristas, es parte del modelo de amor romántico que nos mata a diario.

Por eso no basta con conversar con les adolescentes para saber en qué andan y qué sienten, sino tejer conversación para cuestionarlo todo con elles, incluso a sí mismes.

Ahora, para sostener este ideal de masculinidad, como ya vimos, los varones han tenido que coartarse de toda su humanidad, de la vulnerabilidad que les permitiría conectarse con lo emocional y afectivo, para así acceder y mantener el poder y las estructuras jerárquicas. En últimas, deben renunciar a sí mismos y estar hiperalerta para todo el tiempo demostrar su virilidad, que siempre es puesta en duda. Para esto, la violencia es fundamental.

En la constitución de la subjetividad masculina, Kaufman habla de tres presentaciones de la violencia, que están interconectadas, fundamentales para la masculinidad hegemónica y que, a la vez, se desprenden de ella. La violencia contra las mujeres, que se promueve con su deshumanización en cada etapa de la vida y la vemos desde la frustración de muchos varones cuando les anuncian que van a tener hijas, evidenciando que no son deseables, pasando por el adolescente al que se le aplaude que tenga “muchas novias”, hasta llegar al derecho considerado natural de los varones para controlar la vida de las mujeres, empezando por la sexualidad, evidente en la negación de uso anticonceptivo, el aborto forzado y la prohibición del aborto.

La violencia contra otros varones, completamente naturalizada, incluso más que la violencia contra las mujeres, bajo la premisa de que los niños y varones adolescentes y adultos son más agresivos por naturaleza. Se ven todo el tiempo en peleas escolares, riñas callejeras, la falta de escrúpulos y ética en el mundo de los negocios, en los contextos deportivos, la violencia homofóbica, las guerras, etc. Los varones agreden a otros que no encajan en el modelo de masculinidad hegemónica o en el marco de la competitividad para preservar la propia identidad viril masculina.

Finalmente, la violencia contra sí mismos. La construcción de la masculinidad hegemónica tiene altos costos para todas, todes y todos, incluyendo los mismos varones que intentan seguir el modelo. El sujeto necesita interiorizar la violencia en aras de demostrar que es masculino y viril, negando la vulnerabilidad humana, lo que implica la negación del sí mismo, lo que se traduce en temor, tristeza, dolor y vergüenza, y que se expresa de la única forma permitida para esta masculinidad, a través de la rabia y la agresión. De esta manera, el propio símbolo de masculinidad se convierte en un objeto insensible, por lo que ya ni el placer es una opción, solo cuenta el poder. Así, vemos que desde muy temprana edad los niños y adolescentes varones aprenden a ponerse en riesgo, practican deportes de alto riesgo, de peleas, la competitividad se vuelve fundamental en los proyectos de vida, prácticas de cuidado deficientes o inexistentes, etc.

Hablamos entonces del mandato de masculinidad que, según la antropóloga argentina Rita Segato, se impone en las dinámicas relacionales basadas en el poder y en la exhibición de potencias a través de dos formas de ejercer violencia: una vertical entre el victimario (varón) y la víctima (mujer) y, otra horizontal a través de las relaciones entre varones que dan lugar al pacto patriarcal. Este mandato es necesariamente antifeminista, ya que, como explica el psicoterapeuta Luis Bonino, el avance en los derechos de las mujeres es leído como una amenaza a la identidad masculina, pues quiebra el contrato sexual que da lugar al orden patriarcal.

La violencia, por su parte, es por excelencia el mecanismo de control de dicho orden. Tal como dice Rita Segato, la violencia de género y especialmente las sexuales y el feminicidio como la forma más extrema de crueldad, son moralizantes, no están mediadas por el deseo sexual, sino por el deseo de poder, de dominación, de dueñidad de los varones sobre los cuerpos de las mujeres. La violencia funciona para sostener y restaurar el orden de género patriarcal. Uno de los intercambios entre Jamie y la psicóloga, para mí más crudos, fue esta verbalización del joven:

“Crees que es una perra ¿verdad? Por hacer eso [decirle incel], crees que es una maldita bully. Ella era una maldita bully ¿okey? Pero ese es el punto, que esa noche nunca la toque, pude hacerlo, pero no, solo que yo tenía un cuchillo. Ella estaba asustada, pero yo no lo hice. Me habría gustado tocar alguna parte de su cuerpo, pero no lo hice. La mayoría de los chicos la habría tocado, así que yo soy mejor ¿No lo crees?”.

Jamie está hablando del potencial violador que tienen todos los hombres solo por ser hombres. No todos los hombres violan, porque muchos elijen no hacerlo, no porque no puedan hacerlo. Katie envió una foto semidesnuda a un compañero que al parecer le interesaba, al hacerlo rompe contrato sexual y es castigada por ello. Ese joven comparte la foto con otros varones para reestablecer el orden y la someten a acoso y violencia estética “es plana y puta”. Automáticamente se convierte en una “mala mujer” y Jamie asume que así, cuando nadie la quiere, ella no tendrá otra opción que agradecer que él la invite a salir, como no lo hace, lo rechaza, él decide sobre su vida, pero elige no decidir sobre su cuerpo y su sexualidad.

Con ella no puede tener otro tipo de relacionamiento, porque los hombres no tienen amigas. No puede no hacer nada, porque ser rechazado por una “mala mujer” pone en duda su virilidad. Jamie tiene la violencia tan interiorizada que ya no importa lo que el desea o siente, tal como lo hace saber cada vez que la psicóloga menciona algo que le pudo haber dolido: es en esos momentos que el joven cuenta lo que hizo con Katie, pues sentir no es una opción.

Adolescencia es una serie intensamente política porque es imposible señalar a un único responsable de que Jamie se convirtiera en un feminicida de 13 años que acabo con la vida de Katie, también joven como él. Nos responsabiliza a todes. No hacemos nada con la crianza respetuosa que deja que los niños se expresen y que las niñas elijan el deporte que quieren hacer, si seguimos teniendo papás que no se expresan emocionalmente y no tienen amigas, mamás tan sobrecargadas por ser “supermujer” que no tienen tiempo para tener amigas o amigos, con colegios que se centran más en el prestigio académico que en el bienestar integral de sus estudiantes y si seguimos votando por misóginos reconocidos para liderar nuestras sociedades. 

Adolescencia además de incómoda, es intensamente política.

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