
La palabra estereotipos viene de los vocablos griegos stereo (sólido) y typo (molde) y el término aparece en 1798 en el campo de la tipografía para describir el proceso de imprenta en el que una plancha metálica o molde se usa para duplicar el material original. Luego, en 1922 se adapta a las ciencias sociales de forma metafórica para explicar que las personas tienen una preconcepción sobre otras, como si fueran reimpresiones de un molde.
Los estereotipos son un conjunto de creencias sobre los atributos asignados a un grupo como imágenes simplificadoras y generalizadoras que buscan describir al grupo a partir de unas características consideradas inherentes a su cultura. Sirven para categorizar a las personas y los grupos de manera que pueda anticipar que se van a comportar conforme se espera, anticipación que resulta ficticia, puesto que los estereotipos ignoran la diversidad o variabilidad de las personas.
Se caracterizan por ser sencillos y, por tanto, fáciles de adquirir y transmitir. Están fuertemente arraigados por lo que su modificación resulta altamente compleja. Se expresan en el discurso cuando las conductas no corresponden con dicho discurso o, por el contrario, pueden operar en los comportamientos al mismo tiempo que son negados en el discurso.
Los estereotipos de género responden a las representaciones simbólicas que se construyen sobre el género en función del sexo asignado al nacer, lo que a su vez está relacionado con los contextos culturales, sociales, políticos y económicos. De manera que, los estereotipos de género son la base del orden social patriarcal y se entienden como el conjunto de creencias, expectativas y atribuciones de como deben ser y comportarse varones y mujeres en un encasillamiento binario.
Parten de los principios de naturaleza e inmutabilidad, considerando que hay rasgos y comportamientos naturales para hombres y mujeres que no pueden modificarse. Pero además, el encasillamiento binario implica que su configuración se da en pares opuestos, de manera que los atributos de un sexo se relacionan directamente con el otro sexo pero de forma contraria (las mujeres por naturaleza son emocionales y débiles, entonces los hombres son racionales y fuertes, por lo tanto los hombres pueden ocupar la vida pública mientras que las mujeres deben ser cuidadas al interior del hogar).
Esta relación directa y antagónica con la exageración de las diferencias, convirtiéndolas en entidades simbólicas que impactan en las emociones y por tanto en los comportamientos de quien se relaciona con las personas o grupos estereotipados, por lo que son el primer mecanismo para la reproducción y perpetuación de la desigualdad de género.
Ahora, si bien están fuertemente arraigados, son productos culturales que al estar asociados a preceptos morales, varían históricamente, por lo tanto, pueden ser transformados.
