“Ser mujer significa asumir un modo de estar en el mundo en el que la maternidad, los cuidados, el trabajo doméstico, la heterosexualidad y la ausencia de poder son características constitutivas del género femenino. Estas acciones prácticas van acompañadas de estructuras simbólicas acordes con esas prácticas, de tal modo que cada sociedad produce un modo específico de ser mujer que persuade coactivamente a las mujeres a que acepten ese modelo normativo”

Rosa Cobo, 2014

Este término hace parte de un marco conceptual que se ha venido afianzando desde los años 70 para analizar fenómenos sociales en el marco de las dinámicas de poder en las que se fundamentan las desigualdades sociales por razones sexo-genéricas.  

En un sentido práctico, el género hace referencia a los significados que se le atribuyen a las personas en función del sexo asignado al nacer y que se expresan a través de dispositivos como símbolos, normas, teorías, música, mitos, leyes, en las prácticas sociales, los roles y las instituciones. La diferenciación del sexo se hace a través de los términos femenino, masculino, transgénero, persona no binaria, persona de género fluido, etc.

Los significados que configuran la noción del género no son universales ni estáticos, sino que se transforman en relación con las culturas, contextos históricos, sociales, políticos, territoriales, etc.

El tercer género, de Oaxaca para el mundo | Felina Santiago | TEDx

Un ejemplo se encuentra en la comunidad de los Muxes en Oaxaca, México. Muxe es un término de origen zapoteca que se usa para nombrar a una persona que se le asigna el sexo masculino al nacer pero sus actitudes y comportamientos son femeninos y se consideran un tercer género.

Así, se toma como base el sexo biológico como un hecho anatómico, inmutable y anterior al relacionamiento social de las personas, mientras que el género constituye la configuración de una normatividad femenina o masculina. De esta manera, el sexo recoge las diferencias biológicas entre hombres, mujeres e intersexuales y el género se refiere a los elementos culturales (símbolos, permisos, prohibiciones, valoraciones, características, entre otros) que nutren de contenido el ser mujer, hombre, trans, de género fluido, no binario, etc.

Ahora, al cruzarse con otras categorías sociales como la edad, la orientación sexual, la etnia/raza, la nacionalidad, la clase social, etc., el género define jerarquías y desigualdades entre hombres y mujeres, pero más que establecer diferencias entre estos grupos, que son delimitadas por el sexo, da cuenta de las diferencias de hombres entre hombres y de mujeres entre mujeres, operando al interior de los grupos sexo-genéricos.

Joan Scott define el género como “un elemento constitutivo de las relaciones sociales basadas en las diferencias que distinguen los sexos y el género es una forma primaria de relaciones significantes de poder”, que se configura a partir de cuatro factores interrelacionados:

  • Los dispositivos culturales que dan lugar a representaciones simbólicas muchas veces contradictorios. Un ejemplo de esto es la figura de la Virgen María, que evoca un doble estándar deseable para las mujeres: virgen y madre.
  • Los conceptos normativos que ayudan a interpretar los significados de los símbolos para limitar las posibilidades que brindan las metáforas, que aparecen en las doctrinas religiosas, educativas, políticas, biomédicas, etc.
  • Las instituciones y prácticas que se expresan a través del parentesco, la economía y la organización política.
  • La identidad subjetiva, aquello que cada persona activamente siente, desea, percibe, asume o rechaza que no siempre satisfacen las demandas que la sociedad hace a través del género.

Por otro lado, así como la clase social, la raza, la cultura y la edad, el género es una estructura de poder que instaura dinámicas de dominio al asignar a las personas tareas, posiciones sociales, espacios y recursos específicos.

La vida cotidiana está impregnada de lo que Teresa De Lauretis denomina tecnologías del género a través de representaciones o autorrepresentaciones que se producen en la institucionalización de discursos y prácticas sociales en todos los campos del saber (educativo, médico, social, etc.), facilitando así la producción y reproducción del ordenamiento generizado que, a su vez, sostienen las estructuras de desigualdad y las dinámicas del poder patriarcal.

La división sexual del trabajo, entendida como la distribución de tareas y roles en base a unos atributos supuestamente naturales (estereotipos), establece la normatividad femenina y masculina inscrita en los espacios sociales, separando el mundo en una esfera pública, productiva y política que es ocupada por los hombres, donde se gestionan los recursos económicos y humanos, y otra esfera privada, reproductiva, asociada a lo doméstico por lo que es invisible y feminizada, donde se satisfacen las necesidades básicas cotidianas (alimento, higiene, cuidado, etc.) y se reproducen inicialmente los valores y costumbres que marcan la vida social.

Finalmente, el género surge como una categoría analítica para comprender la realidad social en respuesta a la mirada androcéntrica instalada en la producción del conocimiento y que impregna el imaginario colectivo, considerada además una perspectiva central imaginaria que ha tenido lugar gracias a la estructuración del lenguaje que tiende a ocultar, silenciar o inferiorizar a mujeres, hombres no hegemónicos y otras identidades de género.

Incluir la categoría de género en los análisis sobre la realidad social implica la ampliación de la objetividad científica al dar cuenta de sesgos y puntos ciegos de los paradigmas hegemónicos, permitiendo identificar y actuar sobre situaciones de desigualdad naturalizadas en función de la diferencia sexual.

En síntesis, el género en la realidad social se entiende como normatividad, que regula lo que significa ser y hacer de mujeres, hombres, personas trans, no binarias, etc. Al mismo tiempo, es un ordenador social que delimita las tareas, el estatus, oportunidades y exclusiones en función de la normatividad. Y, finalmente, es una categoría que funciona como herramienta de análisis de la realidad social.