Es originalmente un concepto premoderno que caracteriza las relaciones jerárquicas, particularmente en las familias. Las feministas de los años 70 resignifican el término para hacer visible la producción de subordinación de las mujeres en la sociedad, actuando a partir del sexismo y el androcentrismo.

En términos generales, el patriarcado se define como “el conjunto de entramados institucionales y simbólicos sobre los que se asientan las normatividades de género”.

Kate Millet en su texto “Política Sexual” considerado un texto fundacional del Feminismo Radical, define el patriarcado como una política sexual ejercida fundamentalmente por los hombres sobre las mujeres. Al enmarcarlo como “política” da lugar al análisis del sistema social de dominio masculino que utiliza un conjunto de estratagemas o engaños para mantener subordinadas a las mujeres que, además, tiene un carácter global que aparece en todas las formas políticas, sociales y económicas de todas las culturas hasta ahora conocidas, es decir, no es una unidad ontológica ni ajena a la historia, sino una antigua y longeva construcción social cuyos rasgos más significativos son la universalidad y su capacidad adaptativa a las diferentes sociedades, tanto en términos geográficos como temporales.

Esta concepción de patriarcado rompe con la dicotomía de los espacios públicos-privados, puesto que los hombres hacen presencia y dominan el primero con la ausencia de las mujeres y transitan libremente hacia el segundo, que también dominan en presencia de las mujeres. Este marco de interpretación de la realidad social dará a las feministas radicales de los 70 los análisis necesarios para establecer que “lo personal es político”, al descubrir que las diferentes vivencias, sobre todo violentas, que consideraban personales e intimas eran comunes a todas con patrones sistemáticos que hacían parte de un sistema opresor.

Carole Pateman explica que ese sistema opresor se fundamenta en el contrato social establecido en con la razón ilustrada, en el que emergen los principios de ciudadanía, igualdad, libertad y fraternidad con el dominio sobre el espacio público, el Estado, el trabajo, el comercio, el derecho, las ciencias, la filosofía la política. Para que ese contrato social funcionara, se impuso un contrato sexual que, aunque oculto, implicó la exclusión de las mujeres del principio de ciudadanía. Es decir, para derribar la relación jerárquica padre-hijo y establecer una idea de hermandad entre hombres, fue necesario quitar del escenario a las mujeres, pero además, dejando libre el acceso a ellas y significando qué mujeres les corresponden a quiénes.

Así, la separación de lo público y lo privado en la modernidad aparece no basado en el contrato social, sino en el sexual, que excluye a la mujer y condiciona su participación a que sea una pieza de la hermandad entre los hombres. Por lo tanto, lo público se sustenta en el contrato social que funda la ciudadanía masculina con los ideales de igualdad, libertad y fraternidad. Lo privado, entonces, pertenece al contrato sexual, ligado a la institución familiar y expresado en el matrimonio que, hasta no hace mucho tiempo, consistía en un tutelaje del hombre sobre la mujer en el que ella tenía el deber de estar disponible al deseo de su esposo.

El patriarcado es, entonces, un sistema de prácticas simbólicas y materiales que establece jerarquías, delimita espacios, clasifica lo normal/anormal y distribuye el alcance y la fuerza de aquello que puede ser tomado en cuenta (por ejemplo, las voces que se pueden o no oír) y que se asienta en una serie de pactos entre los hombres que aseguran la hegemonía sobre las mujeres. Cómo todo sistema de dominación, las sociedades patriarcales se articulan de forma que su entramado simbólico y de estructuras sociales tienen como finalidad reproducir el sistema social, lo que logra a partir de mecanismos institucionales, económicos, religiosos, culturales y socializadores que dan la sensación de que su reproducción es consensuada y que, además, evitan su fragmentación. Cuando el consenso se rompe y se pone en riesgo la estructura y el sistema, aparecen las violencias.

Todo sistema patriarcal se basa, al mismo tiempo, en la coerción y consentimiento, una categorización que responde a la capacidad adaptativa del patriarcado a los cambios sociales. Un ejemplo claro de patriarcado por coerción se encuentra en las sociedades más represivas con las mujeres que prohíben el uso de métodos anticonceptivos, la educación o el trabajo a las mujeres. El patriarcado por consentimiento se encuentra en las sociedades occidentales que tienen un sistema legal de igualdad formal, en el que las mujeres cuentan con derechos y siguen de forma “consentida” los mandatos de género. Los efectos de la división sexual del trabajo evidencian la interconexión de ambas formas de funcionamiento del patriarcado. Las mujeres tienen acceso al trabajo, pero las limitaciones profesionales mediadas por los estereotipos de género disminuyen las posibilidades de independencia y autonomía económica, dejándolas en posición de subordinación respecto a la pareja, estableciéndose así el punto de partida para la violencia contra las mujeres en el ámbito familiar. Las violencia basada en género es otro ejemplo; las mujeres tienen derecho a una vida libre de violencia por lo que pueden denunciar (patriarcado por consentimiento) pero siempre se encuentran “bajo sospecha” en las causas de las violencias de las que fueron objeto (patriarcado por coerción), lo que no solo establece barreras para la denuncia y la protección, sino que las pone en riesgo de ser objetivo judicial.

Así mismo, el patriarcado se mantiene y se reproduce a través de múltiples y variadas instituciones, entendiendo la institución patriarcal como todas aquellas prácticas, relaciones u organizaciones que transmiten la desigualdad entre los sexos, legitimando y perpetuando la discriminación de las mujeres. Las instituciones patriarcales por excelencia son:

  • El lenguaje ginope, que invisibiliza y silencia a las mujeres.
  • La familia patriarcal, que organiza la vida de las mujeres en el ámbito privado y facilita la triple carga laboral.
  • La educación androcéntrica, que enseña que los hombres han estado siempre presentes en todos los momentos históricos y ámbitos profesionales frente a la ausencia constante de las mujeres en todas las áreas.
  • La maternidad forzada
  • La heterosexualidad obligatoria
  • Las religiones misóginas
  • El trabajo sexuado
  • El derecho masculinista
  • La ciencia monosexual
  • La violencia de género.