¡Hola! Mi nombre es Ana Carolina Calvo Orrego, tengo 34 años. Soy entre otras cosas psicóloga, activista feminista, profe y migrante venezolana.

Quiero aprovechar este espacio para contarte un poco más sobre mí.

Nací, crecí y pasé los primeros 20 años de mi vida en Venezuela. Allá tuve una vida privilegiada sin ausencia de dificultades. Viví en un valle rodeada de la inmensidad de El Ávila y muy cerca al mar, de las cosas que más extraño hoy en día. Conocí el valor de la familia, las amistades, el amor, el significado de «cuidar», el miedo de tener a un ser querido con una enfermedad compleja, la violencia del amor romántico y la fractura familiar por el proceso migratorio. 

A mediados del 2010 vendimos/regalamos media vida y la otra media se partió a su vez en dos. Una parte quedo en Venezuela con familia, amigos y recuerdos de experiencias y la otra la metimos en unas maletas y arrancamos camino para Estados Unidos. Llegamos a reencontrarnos con parte de la familia que partió primero. Reconocí la alegría del reencuentro y los colores tenues de la nostalgia. Aprendí algo de inglés, conocí personas de todas partes del mundo y una forma muy diferente de vivir, muy pausada para mí gusto. Experimenté la esperanza con la posibilidad de un tratamiento experimental para mí mamá, que luego la frustración al ver que funcionó, pero solo estuvo mejor un par de meses para luego volver a un deterioro acelerado.

Lo más interesante de la estadía en ese país fue experimentar las estaciones. Pasar del intenso verano a la belleza del otoño, que con unos colores que hipnotizan marcan el fin de la vida para dar paso a un profundo y gris invierno en el que la nostalgia es protagonista por unos meses. Luego la vida vuelve a sobreponerse ante la muerte con la aparición de los colores brillantes de la lluviosa primavera para volver a empezar de nuevo el ciclo con la llegada del verano, momento en el que decidimos, otra vez, emprender camino.

Aunque ese no era el lugar para mí, Estados Unidos me dio un regalo muy valioso. Estando allá tuve el honor de compartir, cuidar y acompañar a mi abuelo Tito, el único que conocí, y despedirme de él aún en vida con un abrazo que no olvido.

A mediados del 2011 llegamos a Colombia, la tierra natal de mi mamá. Medellín fue la ciudad elegida por una razón simple, para algunes boba, pero para mí importante: es un valle como Caracas, con un clima parecido a pesar de estar lejos del mar. Llegamos y mi sensación era paradójica, era una comodidad incómoda. Gracias a mi mamá la nacionalidad llegó fácil y los documentos migratorios no fuero una preocupación. Pero, aunque hablamos el mismo idioma tuve que aprender a comunicarme, adquiriendo nuevas palabras, nuevos significados y abandonando muchos de los míos, lo que significó toda una reestructuración de mi identidad.

En Medellín se rompió mi burbuja. Conocí una forma distinta de hacer vida en Latinoamérica y una historia de país que, al estudiarla e intentar comprenderla, me hizo entender que la historia de Venezuela, mi país de origen, es solo un punto de referencia para mí misma, que no me decía nada ni del presente ni del futuro del lugar que estaba empezando a habitar. 

Colombia me permitió reencontrar y conocer a mi familia materna. Y tuvimos la fortuna de poder proporcionarle atención en salud de calidad a mi mamá hasta su muerte. Así mismo, pude vivir y acompañar a morir a mi Tata, mi abuela materna, una de las personas que más he amado en la vida. Y finalmente, encontré mi vocación y mis amigues más preciades.

En esas vueltas extrañas de la vida, después de dejar empezada en Venezuela la carrera profesional en economía, a los dos años de llegar a Medellín aterricé en la psicología y con ella, por fin, me sentí parte de algo y encontré una forma increíble de ser, estar y hacer en el mundo. En el proceso me encontré con el feminismo y todo terminó de tener sentido, primero en el ámbito de lo privado y ahora en lo público.

Con la psicología descubrí que el cuidado del otre y el servicio son acciones políticas, dándole un lugar coherente al pensamiento crítico que me caracteriza, siempre tan presente en todo y, hasta ese momento, tan incómodo y problemático. El feminismo a su vez, con su lema “lo personal es político”, le quitó lo incómodo, o más bien me enseño a estar cómoda en la incomodidad, y transformó lo problemático en conflictivo, regalándome una mirada de posibilidades y deseos de cambio, además de comprender las causas de viejas de heridas y así, reivindicarlas y sanarlas. 

La psicología y el feminismo me devolvieron algo que había perdido con el proceso migratorio: la capacidad de soñar, esa que nos permite pensar en un futuro con multiplicidad de opciones posibles, sin negar los retos y dificultades de la vida. Además, entendí el valor de los vínculos, pudiendo crear lazos fuertes basados en el cuidado que se han traducido en amistades que no cambio por nada. También aprendí de autonomía y compasión, fundamentales para enfrentar uno de los mayores retos que he tenido: la muerte de mi mamá a través de una eutanasia en el 2017.  

Sí bien mi primer acercamiento al acompañamiento al final de la vida fue con mi abuelo en Estados Unidos, este fue el inicio de mi relación actual con la muerte y, por tanto, con el duelo. Así, Colombia me dio el honor y el privilegio de cuidar y acompañar a mi mamá a vivir su enfermedad y su muerte en sus términos, lo cual ha sido el mayor aprendizaje de mi vida hasta el momento.

Reportaje realizado por Noticias Caracol sobre la experiencia de eutanasia de mi mamá.

Sin planearlo, después de esta experiencia la vida me fue llevando a dedicarme al acompañamiento en la muerte y el duelo. No era el plan inicial, pero si algo aprendí con la emigración es que la vida no es lineal ni fiel a los planes. Durante mi año de práctica profesional, trabajando con personas mayores aprendí del acompañamiento a familias en los procesos al final de la vida. También tuve la posibilidad de acompañar en su enfermedad y muerte a mi Tata, mi abuela que enfermó y rápidamente falleció un mes antes de mi graduación como psicóloga. Un golpe duro, un duelo que se vio atravesado por momentos importantes como los grados y el inicio de la pandemia por covid-19.

Todo esto me hizo preguntarme por allá en marzo del 2020 por esas experiencias de duelo de quienes estaban perdiendo seres queridos por cuenta del covid-19 en medio de un confinamiento estricto. Fue un asunto que se volvió conversación recurrente con dos colegas y amigas con quienes terminé pensando y construyendo uno de los proyectos más importantes que he tenido hasta ahora: Duelo Contigo. Una idea soñada y desarrollada con amor, que me ha traído experiencias que considero regalos de la vida, afianzando mi conexión con la realidad de la muerte y el duelo y otorgándonos el reconocimiento del Premio Regional de Psicología por la Experiencia Exitosa en Pandemia.

De esta manera, desde la psicología encontré una forma de aportar en medio de una crisis mundial que ha traído mucho dolor y en ese camino fueron llegando a mí realidades que le daban sentido a un ejercicio psicológico feminista en estos acompañamientos.

Finalmente, en 2022 tuve la maravillosa oportunidad de ser docente de psicología social, una de las mejores experiencias que he tenido hasta ahora. Poder compartir y construir conocimientos con estudiantes, futuros colegas, conocer sus historias y acompañarles en sus procesos fue un trabajo que disfruté tanto que no parecía un simple trabajo.

Así, hoy estoy aquí, iniciando un nuevo proyecto profesional de acompañamiento psicológico con perspectiva feminista, acompañado de este blog en el que tengo la idea de compartir conocimiento, reflexiones e ideas que van surgiendo en la experiencia.

Espero les guste…